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EL SIMBOLISMO DEL DIAMANTE

Del latín diamas, procedente a su vez del griego adamas "invencible", la palabra "diamante" designa ese cristal de carbono puro que se reconoce por su dureza, su limpidez y su escasez.

Lágrima de los dioses para los pueblos de la Antigüedad, símbolo del sol en el Egipto antiguo, destello de estrella en la antigua Grecia, figura del mundo visible en el Tíbet, el diamante se ha asociado desde siempre a las virtudes positivas. Su dureza hace de él un emblema de perfección y de poder, mientras que su transparencia se asocia a la constancia y a la pureza.

De Oriente a Occidente, se reconocen las cualidades del diamante: el budismo destaca su dureza, que represente la claridad y la fuerza espiritual inalterable, el pensamiento occidental lo asocia a la incorruptibilidad, a la inocencia y a la sabiduría, el cristianismo se centra en su luz, hipérbole de la belleza y signo del resplandor celeste... A lo largo de la historia, algunas civilizaciones le han atribuido virtudes purificadoras, la posibilidad de engendrar espontáneamente otros diamantes, e incluso de disipar las angustias o de alejar a los fantasmas...

Hoy en día, el diamante sigue siendo símbolo de luz y de vida, de la constancia en el amor, de la mayor pureza, y de la sinceridad.