PERLA

Las perlas, que datan de la antigüedad más remota, fueron utilizadas en China, Egipto, Grecia, Persia y Roma, y ya servían de adorno hace al menos dos mil quinientos años. El collar de perlas más antiguo del que se tiene conocimiento —tres vueltas de setenta y dos perlas— data del siglo VI antes de Cristo y fue encontrado en una tumba de los príncipes aqueménidas. En los mitos y en las viejas leyendas, las perlas suelen estar asociadas a las lágrimas: en el Japón, son lágrimas de una enamorada perdida caídas al mar; para los griegos, las lágrimas de Venus; para los romanos, las lágrimas solidificadas de los ángeles; en el mundo islámico, las lágrimas que Adán y Eva dejaron caer sobre su pecado… Tal vez por eso, desde siempre, las perlas simbolizan el amor y la pureza. En la actualidad, hay que distinguir las perlas finas (también llamadas naturales o verdaderas) de las perlas cultivadas. Una perla es una concreción relativamente esférica de finas capas de nácar, producida por la secreción del manto de madreperlas marinas y de moluscos perlíferos de agua dulce. En el caso de las perlas finas, esta secreción comienza como reacción natural ante la agresión de un pequeño parásito. En el siglo XIX, la rareza de las perlas naturales incitó a los productores a adaptar a la perla una técnica muy antigua que consistía en desencadenar artificialmente la secreción de nácar. Para que esta reacción se produjera, había que introducir por debajo del manto del molusco un cuerpo extraño; tratándose de la perla, se utilizó un pequeño núcleo de nácar. Los primeros intentos se realizaron en China y Japón, aunque las primeras verdaderas perlas cultivadas nacieron en Australia, en 1900. Las perlas cultivadas japonesas empezaron a comercializarse en 1920, en un momento ideal, ya que las perlas naturales habían llegado a un precio exorbitante. Tres años antes, Cartier había comprado su edificio de la Quinta Avenida de Nueva York a cambio de un collar con dos vueltas de perlas... A partir de 1950, las perlas cultivadas, procedentes de Japón y de otros sitios, entre ellos Tahití, célebre por sus perlas negras, han sustituido casi por completo a las perlas naturales.La calidad —y por lo tanto el precio— de una perla varía según los criterios siguientes: la intensidad del oriente, es decir, el reflejo iridiscente que nace del contacto de la luz con las capas de nácar; la belleza del color; la regularidad de la forma (esférica, en perilla o en botón, o sea, semiesférica con un lado plano); la regularidad de la “piel” (o sea, su superficie); y naturalmente el tamaño y el peso, expresado en granos (1 grano = 0,05 gramo) si se trata de perlas naturales y expresado en quilates si son perlas cultivadas. Dureza: 3.