ÁMBAR

Según un mito griego, Faetón, el hijo de Helio, dios del Sol, logró que un día su padre lo autorizara a conducir su carro pero no fue capaz de dominarlo.
Faetón se acercó demasiado a la Tierra con el carro y provocó una sequía espantosa. Entonces Zeus decidió interferir; lanzó su rayo sobre el carro y echó a Faetón a un río, el Erídano, en el que este halló la muerte.
Como sus hermanas, las Helíades, no tenían consuelo, los dioses las metamorfosearon en árboles para que pudieran llorarlo eternamente. Sus lágrimas eran resina que se transformó en ámbar.Resina fósil de color amarillo oro o en ocasiones anaranjado, el ámbar fascinaba ya a los hombres del neolítico que lo encontraban en las playas arenosas del Mar Báltico, igual que en nuestros días. Se han encontrado rastros del uso decorativo del ámbar que datan de aquella época pero no se sabía de dónde venía. Parecía venir del mar y sin embargo a veces contenía pequeños insectos…
Fue solamente en 1811, gracias a los estudios de un un sabio prusiano, cuando se pudo entender que se trataba de la resina fósil de los bosques de la conífera Pinus succinifer que se extendían por el norte de Europa hace más de treinta millones de años…
Desde siempre, se ha apreciado el ámbar por su belleza aunque también por el misterio que hay en torno a su origen.
Las inclusiones de insectos han provocado una fascinación incesante.
El papa Urbano VIII (1568-1644) poseía un trozo de ámbar con tres abejas, el filósofo Emmanuel Kant no se separaba nunca de su insecto prisionero y Steven Spielberg nos ha hecho soñar con su diminuto mosquito atrapado en el ámbar de Jurassic Park…
Si el ámbar protegía a los vegetales y a los animales, debería de proteger también a los humanos, por lo que durante mucho tiempo se le atribuyeron propiedades protectoras y curativas.
Por eso, se lo convertía en polvo o se lo quemaba por su perfume.
También se hicieron joyas y rosarios, y hasta un extraordinario gabinete de ámbar, integralmente tapizado por un mosaico de esta resina vegetal, que el rey de Prusia le regaló a Pedro el Grande en 1716.
Los alemanes lo robaron del Palacio de Tsárskoie Seló durante la guerra y nunca más se supo de él.Dureza: 2,5 a 3. Mar Báltico, República Dominicana.